Las rodillas, la única esperanza del justo
«No elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias.» Daniel 9:18
Cuenta el historiador Eusebio que Santiago el Justo, el hermano de Jesús y escritor de la Epístola de Santiago, era conocido como «rodillas de camello». Él había desarrollado unas rodillas grandes, prominentes y llenas de callos por las largas horas que pasaba orando de rodillas. El camello pasa su vida por inmensos desiertos y soportando pesadas cargas. Es conocido que los camellos usan sus rodillas cuando quieren levantar peso o cuando quieren deshacerse de sus cargas. Debiéramos aprender de este noble animal. Si estamos pasando por duras pruebas y pesadas cargas, es más fácil soportarlas de rodillas.
Las rodillas dobladas de Daniel son un fiel reflejo de su rendición ante Dios. No existe una fe madura sin una vida de oración. Quien la descuida termina confiando en sí mismo. Nuestra verdadera fortaleza para sortear los desiertos de la vida nace de un corazón y de una vida rendida que está conectada al Padre por un cordón invisible de esperanza.
Daniel había vivido con una fidelidad extraordinaria; sin embargo, cuando llegó el momento de buscar la intervención divina, no presentó su lealtad como moneda de cambio. No dijo: «Señor, mírame; he permanecido fiel», sino: «No confiamos en nuestras justicias».
Quizás has pedido al Señor que cambie tu situación, que te ayude en este tiempo de dificultad, pero el Espíritu Santo te está llamando a una vida más profunda de oración. Dios busca corazones y almas quebrantadas que doblen sus rodillas para rendirse. Quien se arrodilla para obedecer, se levanta fortalecido, bendecido y victorioso por el favor de nuestro Dios. Aunque aún estemos fallando, tenemos que ser como Daniel: hijos que amen su Palabra más que su comodidad, que prefieran la santidad antes que el reconocimiento de otros y que busquen obedecer por encima de sus propios intereses personales. No es fácil en un mundo donde las opciones de distracción son tan grandes y están a tan solo un clic de nuestras manos. La mayor evidencia de una vida rendida no es cuánto servimos, sino cuánto obedecemos a Dios y a su Palabra.
Como dice Santiago en su epístola: «Debemos ser hacedores de la Palabra, y no tan solamente oidores, engañándonos a nosotros mismos» (Stg. 1:22).
Oración: Padre santo y amado, líbrame de confiar en mi propia justicia. Hazme recordar cada día que todo lo que soy y todo lo que tengo provienen de ti. Gracias por tu amor incondicional. Te pido que todo lo que está muerto en mi vida: relaciones familiares, salud, esperanza, gozo, ministerio y pasión por ti, resucite milagrosamente hoy. Amén.
Autor: Myriam Augsburger