Oración y ayuno: Día 18. Ayuno con hambre de servicio

Ayuno con hambre de servicio

«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros». Juan 13:34-35. 


El amor de Dios se revela no en la grandeza del poder, sino en la capacidad de entregarse incluso a los enemigos. — Wolfhart Pannenberg, Systematic Theology.


El teólogo protestante Wolfhart Pannenberg escribió una gran verdad. Este pensamiento define a la perfección la escena de Juan 13. En aquella última cena con sus discípulos, antes de la Pascua, la comida física era lo de menos. Jesús deseaba preparar a los suyos enseñándoles que el plan de salvación de Dios no se mediría en términos de poder terrenal, sino en una entrega y amor manifestados hasta las últimas consecuencias.


Jesús sabía perfectamente quién era: tenía todo el poder del universo en sus manos. Sin embargo, revolucionó la grandeza para siempre: se levantó, agarró una toalla y se agachó a lavar los pies de sus discípulos. Pedro reacciona con naturalidad y horror, negándose a ser lavado. Para él, que su Señor y Maestro realizara una tarea humillante reservada exclusivamente para los esclavos no tenía ningún sentido.


La reacción de Pedro refleja la lógica de nuestro mundo, donde el poder se asocia con dominar, imponerse o exhibir grandeza mediante el estatus, el conflicto o el beneficio propio. Sin embargo, Jesús rompe drásticamente con esta dinámica y nos enseña que la verdadera grandeza en el Reino consiste en amar y servir. El Señor modela un servicio que va mucho más allá de cumplir una tarea obligatoria; es una expresión pura de amor divino que alcanza incluso a Judas, sabiendo Jesús de antemano que lo iba a traicionar. Responder a un nivel así no es una sugerencia bonita, porque la orden no es aplaudir su ejemplo, sino vivir exactamente como él lo hizo.


· Sirve con amor, no solo por cumplir tareas: El servicio auténtico no es una simple tarea que tachamos de una lista de pendientes. Ya sea limpiar el templo, coordinar diapositivas o atender al prójimo, hazlo con la plena conciencia de que has recibido la gracia inmerecida de Dios y que sirves como una extensión de su amor.

· Extiende el servicio a quien aparentemente no lo merece: Jesús le lavó los pies al traidor que lo entregaría. En este mes, derriba las barreras de enemistad, toma la iniciativa para perdonar primero, hablar bien de quienes te han ofendido y servir sin esperar reciprocidad ni reconocimiento humano.

· Reconoce tu necesidad de gracia: Como señala C. S. Lewis: «Este año, o este mes, o más probablemente este mismo día, no hemos podido practicar nosotros mismos el tipo de comportamiento que esperamos de otras personas». A menudo exigimos a otros lo que no logramos practicar nosotros primero. Servir con humildad exige reconocer nuestras propias heridas y carencias, entendiendo que todos dependemos de la gracia de Dios y de la paciencia de nuestros hermanos.


Oración: Señor Jesús, en este mes de ayuno y oración rendimos nuestro orgullo. Gracias porque tu amor no se midió en términos de poder terrenal, sino en tu disposición de humillarte y servirnos hasta dar tu vida en la cruz. Arráncanos la autosuficiencia y las ganas de destacar. Danos un corazón dispuesto a mancharnos las manos, a bajarnos del pedestal y a servir con gozo, sobre todo a quienes nos cuesta amar. Que nuestra iglesia sea una comunidad unida de verdad, para que el mundo te vea a ti a través de nosotros. Amén.


Autor: Karla Palomeque B.