Oración y ayuno: Día 4. Sucederá cuando te fortalezcas

Sucederá cuando te fortalezcas

«Y por tu espada vivirás, y a tu hermano servirás; y sucederá cuando te fortalezcas, que descargarás su yugo de tu cerviz». Génesis 27:40

 

¿Alguna vez tomaste una decisión que en su momento te pareció acertada e incluso necesaria, pero que con el paso del tiempo terminó trayéndote más problemas que soluciones? No siempre se trata de grandes decisiones. A veces son elecciones cotidianas que tomamos por comodidad, cansancio o por la necesidad de resolver rápidamente un problema.

 

Tal vez un día le diste un teléfono a tu hijo para entretenerlo porque estaba inquieto. En ese momento te pareció bueno, pero con el tiempo se convirtió en un hábito difícil de controlar. Por resolver una necesidad inmediata, a veces terminamos comprometiendo algo mucho más importante.

 

Algo semejante le ocurrió a Esaú. Regresando un día del campo agotado y con hambre su hermano Jacob le ofreció comida, pero a cambio le pidió su primogenitura. Esaú la entregó sin valorar lo que representaba: su posición, su herencia y su responsabilidad como hijo mayor. Permitió que una necesidad momentánea decidiera por él, y por un plato de comida hipotecó su futuro.

 

Tiempo después Jacob engañó a su padre y recibió la bendición destinada a Esaú. El engaño fue real y doloroso. Esaú había sido perjudicado, pero también era cierto que él mismo antes había despreciado y entregado aquello que debía valorar y proteger.

La primera bendición prometía abundancia, autoridad y dominio sobre sus hermanos: «Sé señor de tus hermanos». Cuando Esaú descubrió lo sucedido, lloró y culpó a su hermano. Isaac no negó la injusticia ni minimizó su dolor, pero tampoco podía deshacer lo ocurrido.

 

Entonces le dio una segunda bendición. No le devolvía la autoridad que había recibido Jacob, pero le daba una posibilidad para su futuro: «Sucederá cuando te fortalezcas, que descargarás su yugo de tu cerviz». Esaú había quedado bajo el dominio de su hermano, pero aquel yugo no tenía por qué gobernarlo para siempre.

A nosotros también puede sucedernos. Podemos decidir desde el hambre, un hambre de afecto, de aprobación, de seguridad, de alivio o de una respuesta inmediata. Cuando actuamos desde el cansancio, el miedo o la urgencia, vemos el alivio de hoy, pero no siempre el costo de mañana. Podemos perder límites, convicciones, responsabilidades o autoridad espiritual. Y cuando surgen las consecuencias, corremos el riesgo de mirar únicamente el daño que nos hicieron otros y no reconocer cómo influyeron nuestras propias decisiones. Asumir esa responsabilidad no niega la injusticia recibida ni nos lleva a vivir bajo la culpa; nos permite mirar con honestidad nuestra vida y dejar que Dios nos fortalezca para decidir de manera correcta.

 

En este tiempo de oración y ayuno, pregúntate delante de Dios: ¿qué necesidad me llevó a ceder algo que debía proteger? ¿Qué decisión tomé en un momento de debilidad y todavía hoy me mantiene atado? El ayuno nos enseña que no toda hambre debe gobernarnos, y la oración nos lleva a la presencia de Aquel que fortalece nuestra voluntad, sana nuestras heridas y nos ayuda a tomar nuevas decisiones. Tal vez no puedas cambiar lo que hiciste ayer, pero fortalecido por Dios, puedes impedir que sus consecuencias gobiernen tu vida.

 

Oración: Señor, muéstrame las decisiones que tomé desde la necesidad, el temor o la debilidad. Ayúdame a reconocer mi responsabilidad sin quedar atrapado en la culpa y a perdonar las injusticias que otros cometieron contra mí. Fortaléceme en tu presencia para recuperar lo que he cedido, tomar decisiones sabias y romper todo yugo que ya no debe gobernar mi vida. Amén.

 

Autor: Ana Bautista