Señor, cuenta conmigo
«Y voló hacia mí uno de los serafines, con un carbón encendido en la mano, tomado del altar con unas tenazas. Tocó con él mi boca y me dijo: -Al tocar esto tus labios, se ha quitado tu culpa y ha quedado limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía:
-¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?. Entonces respondí yo:
-Aquí me tienes, envíame a mí». Isaías 6:6-8.
Hoy en día, el mundo busca a personas con títulos impresionantes, buena labia, fama o muchos seguidores en redes sociales para ponerlas al frente. Pero Dios no trabaja con los criterios humanos. El Señor no busca a los que ya se creen autosuficientes o capacitados; más bien, llama a personas comunes, las pasa por su altar y las prepara con el poder de su Espíritu Santo.
En Isaías 6 vemos al profeta en un momento de gran incertidumbre nacional tras la muerte del rey Uzías. En medio de esa crisis, Isaías entra al templo y tiene una experiencia transformadora: contempla al Señor sentado en su trono, alto y sublime, rodeado de ángeles que proclaman su santidad. Sin embargo, antes de que Dios le asigne una misión o le haga una invitación formal para servirle, primero lo hace pasar por un proceso profundo e indispensable en su corazón.
Al ver la majestuosidad y la pureza de Dios, Isaías no presumió de sus conocimientos, de su linaje ni de sus talentos. Al contrario, fue confrontado con su propia realidad y exclamó con dolor: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey». La experiencia de Isaías nos enseña que una vida fructífera comienza rindiendo nuestras faltas y debilidades ante la presencia de Dios.
Pero el Señor no lo dejó sumido en la condenación ni en la frustración. Inmediatamente envió a un serafín con un carbón encendido tomado del altar para tocar su boca y purificarlo. Ese fuego del altar simboliza la obra viva, purificadora y transformadora del Espíritu Santo en nuestra vida interior. Por medio del Espíritu Santo, Dios obra en nuestra forma de hablar, renueva el corazón y fortalece nuestro carácter para que podamos dar un testimonio vivo de su amor.
Fue únicamente después de contemplar la santidad divina, confesar su necesidad y recibir la limpieza en el altar, cuando Isaías estuvo listo para oír la voz de Dios diciendo: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?». Un corazón quebrantado y renovado por el fuego de Dios es el único capaz de ponerse de pie y responder sin reservas: «¡Heme aquí, envíame a mí!».
Este mes de oración y ayuno no tiene como único fin presentar listas de peticiones personales; su propósito principal es acercarnos al altar de Dios para que el Espíritu Santo examine las intenciones más profundas de nuestro corazón.
Que este tiempo de búsqueda nos ayude a estar más cerca de Dios, de modo que cuando él ponga oportunidades para bendecir y servir, nuestro corazón esté listo para decir: «Señor, cuenta conmigo».
Oración: Amado Dios, vengo ante tu presencia con humildad, reconociendo tu santidad. Perdona mis errores y limpia todo lo malo que haya en mi manera de hablar, pensar o actuar. Te pido que en estos días de búsqueda tu Espíritu Santo examine mi corazón y me ayude a cambiar. Renuévame y enséñame a ser humilde. Pon en mí el deseo y la gracia para servirte, para que cuando me llames, pueda responderte con sinceridad: «Señor, heme aquí, envíame a mí». En el nombre de Jesús, amén.
Autor: María Eugenia (Geni) Salado Alcaide